domingo, 6 de septiembre de 2026

Me rebelo

 Me llamo Mohammed y probablemente al leer estas primeras palabras ya le he provocado una sensación. No sé si agradable o negativa, pero estoy seguro que algo se ha removido en su interior al saber que un tipo que se llama Mohammed le está hablando y le quiere decir algo.

Quiero que sepa que me rebelo porque he visto normalizarse algo que hace pocos años hubiera parecido impensable, como que insultar a un inmigrante en la calle, en la barra de un bar o en un plató de televisión ya no cueste nada. Que deshumanizar a una persona por su origen o por su religión se haya convertido en un gesto casi cotidiano, en un chiste que se ríe, en una frase que se aplaude. Que, a un español, con DNI, con acento español o no, se le diga que se vaya a su país solo porque su religión, su piel o su nombre o apellido no encajan en la idea estrecha que algunos tienen de quién puede ser español.

 

Me rebelo porque he visto llamar invasores a niñas y niños que cruzaron una frontera a nado, muchos de ellos con heridas que no se ven, huyendo de cosas que no elegimos imaginar. Uno de esos chicos murió hace unos días en un centro de menores de Ceuta mientras la ciudad que lo tenía bajo su tutela intentaba controlar su diabetes. Esquivó la muerte tras cruzar el espigón de la frontera del Tarajal, en ese momento tuvo suerte, no como las casi 200 personas que no lo consiguieron. Pero algo se torció y ese chaval murió dentro del sistema que se suponía que debía protegerlo. Y aun así hubo quien, en lugar de preguntarse en qué habíamos fallado, en que está fallando el gobierno del tan laureado Juan Jesús Vivas, que es quien tiene las competencias para cuidar de estos menores, se siguió hablando de invasión.

 

Me rebelo porque hay diputados que en sede parlamentaria y en televisión han hablado de cazar y de ir pescando uno a uno a personas que llegaron a Ceuta. El señor Figaredo de Vox no tuvo un desliz, sabía lo que decía, sabía que había que lanzar un mensaje y decirle a la sociedad que hay vidas que se pueden cazar. Días después empezaron los ataques, primero en la playa del Trampolín de Ceuta cortando el paso a camiones de la Cruz Roja, y luego pegando a los inmigrantes y quemando sus pertenencias. Me da miedo, porque las palabras ya no se quedan en el aire. Bajan a la calle, se meten en las conversaciones y se convierten en agresiones.

 

Me rebelo porque en las manifestaciones de apoyo a Ceuta han sonado gritos de “musulmán el que no bote” y de “Ceuta cristiana no musulmana”, como si la ciudadanía tuviera que pasar por un examen de fe para merecer respeto. Me rebelo porque ya ha habido agresiones contra ceutíes que son tan españoles como cualquiera, pero que son musulmanes, y que ahora caminan por su propia ciudad con miedo. Me rebelo porque yo mismo, desde hace un tiempo, siento miedo de que agredan a mi madre por ser musulmana y usar el hijab. Ese miedo no es abstracto ni es una figura retórica. Es real, y se ha instalado en mi cuerpo de una forma que no había sentido antes.

 

Me rebelo porque antes solo veía niños pequeños a hombros de sus padres, en desfiles, cabalgatas de reyes o conciertos. Ahora los veo en una manifestación gritar insultos contra inmigrantes. Un niño no nace con odio, se lo enseñan. Y quien lo sube a esos hombros para que aprenda a odiar está sembrando algo que afectará al niño para el resto de su vida.

 

Me rebelo porque mi discurso de derechos humanos ha sido convertido en munición política, como si defender la dignidad de una persona fuera cosa de una ideología y no la base mínima de cualquier sociedad que se llame civilizada. Cuando defiendo un trato humano escucho como respuesta pues mételos en tu casa para que te violen o te maten. No, los derechos humanos no son de izquierdas ni de derechas. No pertenecen a ningún partido. Pertenecen a cualquiera que tenga un cuerpo que pueda sufrir porqué les garantizo que, por desgracia, en esta vida todos sufrimos o sufriremos algún tipo de discriminación y que salvaguardar estos derechos humanos hará que el impacto sea menor.

 

Me rebelo también contra muchos medios de comunicación que han decidido que el insulto y el exabrupto son buen contenido para una tertulia, que dar altavoz a quien odia al inmigrante genera audiencia y que la audiencia justifica el altavoz. Se han acostumbrado a normalizar la crueldad verbal como si fuera una opinión más, cuando en realidad es una forma de violencia que allana el camino a otras violencias.

Y aquí quiero ser preciso, porque las palabras me importan. Albert Camus escribió que el hombre rebelde es, ante todo, el que dice no. Pero también dejó claro que ese "no" nunca es solo negación. En el mismo gesto de negarse a aceptar lo intolerable, el rebelde afirma algo, dice sí a un límite que no está dispuesto a que se cruce, sí a una dignidad compartida. Yo me quedo con esa segunda parte. No me basta con decir no al odio. Quiero decir sí a otro modelo de sociedad, a otra forma de convivencia, a un nosotros que no necesite construirse a costa de un ellos deshumanizado. 

 

España es un gran país y esto es fruto del trabajo diario de millones de personas que independientemente de su origen, su religión, su etnia, su edad, su sexo, su ideología, buscan lo común, lo mejor, pero se está revirtiendo esta situación y por eso me rebelo.

 

Las sociedades humanas se han sostenido, durante milenios, gracias a la cooperación, al cuidado del que no es de la propia sangre, a la capacidad de ampliar el círculo de quién cuenta como uno de los nuestros. Eso no es ingenuidad ni buenismo. Es lo que nos ha permitido sobrevivir como especie mucho más que la fuerza bruta o el instinto de cerrar filas contra el extraño. Cuando una sociedad decide que solo merece humanidad quien se le parece, no está volviendo a un supuesto estado natural, sino que está traicionando lo mejor de su propia historia. La historia de España es diversa, no creo necesario detallarlo en estas líneas.

 

Debemos ser conscientes de que el individualismo que hoy se vende como libertad, esa idea de que a cada uno le va mejor si va a lo suyo y que el sufrimiento ajeno no es asunto propio es, en el fondo, el terreno abonado para la deshumanización. Cuando dejamos de sentirnos responsables los unos de los otros, resulta mucho más fácil mirar hacia otro lado cuando insultan a un vecino, cuando agreden a un ceutí musulmán, cuando muere un adolescente tutelado por la administración y la respuesta de una parte de la sociedad es seguir hablando de invasión en vez de preguntarse qué falló. Nos alejamos de lo que nos hace propiamente humanos, de la capacidad de reconocernos en el dolor del otro, aunque ese otro haya nacido a miles de kilómetros y rece de otra manera.

 

Por eso me rebelo. No para gritar más fuerte que quien odia, sino para canalizar esta rabia en algo que construya. No me voy a rendir ni voy a aceptar el odio como herramienta política, ni cuando viene envuelto en banderas ni cuando se disfraza de sentido común. Mi rebeldía no busca enemigos a los que cazar, sino una comunidad a la que volver. Una en la que un niño que sube a hombros de su padre aprenda a señalar lo que está mal, no a quién odiar. Una en la que los derechos humanos no necesiten pedir permiso a ninguna ideología. Una en la que ser musulmán, ser inmigrante o ser simplemente distinto no sea motivo de miedo, ni para quien lo es, ni para sus hijos.

 

Me rebelo, y en esa rebeldía, sigo diciendo que sí.

 

jueves, 14 de enero de 2021

Los inmigrantes y la participación política

Migrar es algo inherente al ser humano. De hecho, si el hombre no hubiera migrado, no se habrían dado las civilizaciones tal y como las conocemos actualmente. Las migraciones siempre han contribuido al desarrollo de las sociedades, sobre todo de aquellas a las que llegan los migrantes, pero no hay que obviar que además del desarrollo, las migraciones o, mejor dicho, la llegada de personas a una “sociedad de acogida”, siempre han venido acompañadas de estigmatización por determinados sujetos que les responsabilizan de muchos de los males que puedan existir en dicha sociedad. Ahí se sustenta el discurso de Vox y del PP últimamente. Además, el encaje de diferentes tipos de vida y costumbres no siempre es sencillo, provocando en muchas ocasiones conflictos que suelen tener un factor en común: la culpabilización de las personas de origen extranjero.

Hoy día en España se ha alcanzado un nivel preocupante de discurso del odio.Desde la tribuna de muchos ayuntamientos, parlamentos autonómicos y del Congreso se lanzan discursos y proclamas de odio al diferente sin que seamos conscientes de que ese discurso no solo afecta al diferente, sino que socava profundamente los valores democráticos sobre los que se sostiene nuestra sociedad.

El discurso del odio tiene repercusiones más allá de las inminentes que se puedan dar en el insulto o la agresión a alguien por su origen, religión o color de piel. La acción de odio no se limita al instante en el que se produce la agresión. También va creando un poso en el resto de la sociedad que provoca que algunas personas no consideren al otro como un igual, sino como un culpable, un chivo expiatorio y al que poco a poco se le va deshumanizando para no sentir empatía ni remordimiento ante los ataques que pueda sufrir. Véase el caso de niños de origen extranjero, los denominados menas, que han sido víctimas de linchamientos públicos, en algunos casos televisados, por parte de grupos de ultraderecha.

A lo largo de toda la historia humana, la suerte de los minoritarios fue un indicio revelador de un problema más extenso que afecta a todos los ciudadanos de un país y a todos los aspectos de su vida social y política.

En una sociedad en la que las minorías padecen discriminación y persecución, todo se corrompe y se pervierte. Los conceptos pierden su sentido y la igualdad o la inclusión se convierten en una suerte de utopías y de reflexiones sobre las que se produce un debate, cuando debería ser algo lógico y elemental.

Esta situación ha provocado que sea difícil ejercer el papel de ciudadano sin hacer referencia a los orígenes, confesión o pertenencias específicas, polarizando mucho más nuestra sociedad y perpetuando estereotipos y prejuicios.

Hace unos días celebrábamos el 42 aniversario de la Constitución. Su objetivo era dotar de un paraguas a todas las personas que vivimos en España convirtiéndolas en ciudadanos de pleno derecho bajo un marco común. Sin embargo, vista la situación actual, nuestra querida Constitución debe ser actualizada y adaptada a los tiempos en los que vivimos y a la sociedad que conforma este país. Esto debe producirse tanto para reforzar y dar cumplimiento de algunos artículos ya existentes, como para reformular artículos que actualmente quedan obsoletos.

Los derechos en España necesitan mejoras, y estas reformas constitucionales deben servir para reforzar y ampliar los mismos en beneficio de la ciudadanía. El momento en el que no se hable de inmigración en España nunca va a llegar, por lo que afrontar las reformas necesarias, incluida la de la Constitución a través de un pacto, no puede ni debe posponerse más.

Desde esta tribuna animo a las fuerzas políticas a apoyar una de las más antiguas reivindicaciones de los colectivos de inmigrantes y que no es otra que facilitar la participación política, pilar esencial de nuestra democracia. Para que dicha participación se amplíe al mayor número de ciudadanos inmigrantes, es necesaria la modificación del artículo 13.2 de la Constitución suprimiendo la necesidad de convenios de reciprocidad con los países de origen de los inmigrantes. Permitir que los nuevos ciudadanos puedan participar políticamente en nuestro país no debe estar ligado a la decisión de los gobiernos de los países de origen, países que, en algunos casos, carecen de las garantías democráticas que sí existen en España.

Celebrar este día internacional del migrante reivindicando la participación social y política de dichas personas es fundamental para frenar los populismos que alientan el odio a lo diferente y para a su vez fortalecer los cimientos de una sociedad libre y democrática que trate por igual a todos sus ciudadanos.

Articulo publicado el 18/12/2020 en el diario Infolibre: https://www.infolibre.es/noticias/opinion/plaza_publica/2020/12/18/los_inmigrantes_participacion_politica_114541_2003.html

domingo, 14 de abril de 2019

El disputado voto del racista

Ambiente electoral en el colegio Príncipe Felipe de Boadilla del Monte (Madrid).

En poco menos de mes y medio comenzarán las diferentes citas electorales a las que están llamadas a participar millones de personas y durante las próximas semanas, muchos serán los temas de debate. De todos estos temas que saldrán en los vídeos electorales y se comentarán en los mítines, hay uno que últimamente ha ido tomando un cariz cada vez más peligroso para la convivencia en nuestra sociedad.

Hasta hace poco, la presencia de la extrema derecha en las instituciones de la Comunidad de Madrid era meramente testimonial y se reducía a unos pocos concejales del partido xenófobo España 2000 en los municipios de Los Santos de la Humosa, Alcalá de Henares, San Fernando y Velilla de San Antonio, pero ahora, con VOX en el parlamento de Andalucía y la probable entrada de estos en la Asamblea madrileña, todo hace temer que la Comunidad de Madrid pase a ser el epicentro de la ultraderecha de España y que el discurso de odio al diferente pase a formar parte de la política madrileña.

Acusar a las personas de origen extranjero de “tener más facilidades de acceso a las ayudas sociales” como se atrevió a decir el vicesecretario de Organización del Partido Popular, Javier Maroto, o afirmar como hizo Pablo Casado que “o los inmigrantes respetan las costumbres occidentales o se han equivocado de país” confirma que algunos políticos están dispuestos a comprar ese discurso para atraer al votante racista, al mismo tiempo que se busca un enfrentamiento basado en un modelo de sociedad en el que se normalice la exclusión al diferente.

El paso del tiempo nos ha confirmado que los inmigrantes vienen para quedarse y una vez somos conscientes de esta realidad, hemos de trabajar para generar sociedades más cohesionadas que eviten discriminación de sus miembros.

Nuestro sistema está en peligro y no debemos ignorar que en estos momentos se confrontan dos modelos de sociedad. Por un lado, nos encontramos con la socialdemocracia y el centro izquierda en el cual se engloba el PSOE, partido que desde sus inicios promulgó la emancipación del ser humano como objetivo, resaltando el papel del individuo dentro de la sociedad y dotándole de derechos inalienables los cuales le hagan tener una vida digna.

Y por otro lado, el modelo de la ultraderecha y que por desgracia están copiando tanto el PP como Ciudadanos y en el cual, para difuminar los derechos que le corresponden al individuo, hablan de una idea de conjunto, de una idea nacionalista, olvidando a la persona y hablando del todo. De esta manera la solidaridad y las conquistas sociales desaparecen de su agenda política y la sustituyen por banderas en balcones y alegatos a un imperio.

Cuando el bienestar de la persona deja de ser objeto del debate y el discurso se reduce a un “los de aquí, frente a los de allí” todos perdemos. Cuando intentan hacer creer que la solución a los problemas de nuestra sociedad se encontrará responsabilizando y culpando a una parte de ella, todos perdemos.

El discurso del odio al diferente y del racismo frente a quienes viven con nosotros, trabajan con nosotros, pagan impuestos como nosotros y utilizan los mismos servicios públicos no puede ganar en las próximas elecciones.

Por todo ello, permanecer impasibles frente al auge de la ultraderecha y su entrada en las instituciones españolas no es una opción y la oportunidad para demostrarlo la tendremos en las urnas. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de ver que la historia se repita y puede que como dijo Martin Niemöller: “Luego vinieron por mí, y no quedó nadie para hablar por mí”.

Articulo publicado el 13-03-2019 en el diario El País: https://elpais.com/ccaa/2019/03/12/madrid/1552404184_905664.html

domingo, 27 de agosto de 2017

Trabajar en la prevención de la radicalización y el extremismo.

Cuando el terror golpea nuestras calles cometemos un error al mirar hacia fuera para buscar los motivos o los responsables. Evadimos nuestra responsabilidad a la hora de encontrar soluciones que eviten la repetición de estos actos terroristas. Caemos en la trampa de lo estereotipado, en la trampa tendida por los ideólogos de esta barbarie criminal que pretenden ampliar y generalizar el conflicto para así confrontar a nuestra sociedad; porque saben que al dividirnos y enfrentarnos consiguen su objetivo de inocular el miedo a lo diferente y esta es su gasolina para seguir alimentando su monstruo y captar a más personas para sus crueles objetivos.


El magnífico papel que están desarrollando nuestras fuerzas y cuerpos de seguridad en el ámbito de la prevención de ataques terroristas es indiscutible. Prueba de ello es que desde el 11M no se había vuelto a cometer un atentado de estas características. También el hecho de que las personas que atentaron en Barcelona y Cambrils tuvieran que utilizar herramientas al alcance de cualquiera, como una furgoneta y unos cuchillos, es muestra del cerco policial y de la vigilancia de nuestras fuerzas de seguridad ante la menor sospecha o el mínimo movimiento de material con el que cometer atentados.

Entonces, ¿qué es lo que nos falta por hacer en este proceso? La respuesta es sencilla, pero a la vez es la más complicada de emprender, porque penetra en lo más profundo del individuo, en su mente. Nuestra labor como sociedad es trabajar en la prevención de la radicalización y el extremismo; “extremismo” entendido como “la tendencia a adoptar ideas extremas” sean estas del tipo que sean, pero especialmente las que acaban en violencia. La violencia, según la definición de la Organización Mundial de la Salud, es “el uso intencional de la fuerza o el poder físico, de hecho o como amenaza, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones”.

En la actualidad existen diferentes tipos y grados de violencia hasta llegar a la violencia extrema, es decir, al extremismo. Dentro de la violencia colectiva podemos ver los actos de odio cometidos por grupos organizados o por individuos, las acciones terroristas o la violencia de masas. Además, es necesario resaltar el aumento del discurso del odio a diferentes niveles.Movimientos políticos de ultraderecha y grupos ultranacionalistas, entre otros, promueven la exclusión y discriminación del diferente. El discurso del odio debe ser tratado con la mayor celeridad por ser uno de los pasos previos a la violencia física.

Asimismo, la intervención social en el ámbito más cercano (familia, amigos, pareja) nos servirá para conocer si el individuo tiene el riesgo de convertirse en perpetrador de actos violentos o si ha sido víctima de estos actos. Por eso es necesario examinar detenidamente el contexto en el que se desarrolla una persona y la comunidad en la que mantiene sus relaciones sociales -la escuela, el lugar de trabajo, el vecindario- para identificar las características de estos ámbitos que forzosamente están asociados a una persona.

La experiencia muestra que el nivel económico o educativo no va ligado al uso de la violencia, mostrando la necesidad de una intervención social preventiva en el discurso del odio y de la violencia a todos los niveles. De hecho, gran parte de los incitadores al odio tienen un alto nivel educativo y económico, y en algunos casos, individuos que han cometido actos de violencia extremista eran universitarios y con un elevado poder adquisitivo. Por tanto, para una correcta intervención y prevención del extremismo es importante desligar el bajo nivel social, económico y cultural de la violencia extremista.

Ante todo esto cabe preguntarse qué lleva a un joven a tomar como vía de expresión de su personalidad la violencia, y si es responsabilidad del joven, o lo es del entorno en el que vive, es decir, de la sociedad. Hablar claramente sobre uno de los mayores retos que afronta nuestro planeta, el respeto a la diversidad y la lucha contra la violencia extremista, es responsabilidad de las altas instituciones políticas y de las administraciones, pero hemos de admitir que solas no pueden atender estos retos. Para ello es necesario reforzar a la sociedad civil y promocionar los espacios de participación ciudadana para poder actuar localmente en la promoción de la inclusión y en la prevención del extremismo.

Debemos tener en consideración que la violencia en sus diferentes grados puede verse con antelación si se capacita a los diferentes profesionales de la intervención social, empezando por la escuela, así como a otros actores sociales, como psicólogos, educadores, pedagogos, médicos, militares, cuerpos policiales… Esta capacitación debe tener en cuenta la diversidad social en la que se desarrolla y que, en la mayoría de los casos, es fruto de las migraciones y de un mundo globalizado.

El enfoque de la intervención y el trabajo a desarrollar se deben hacer con una mentalidad abierta. El conservadurismo y la negación de la realidad de una sociedad diversa apelando a tiempos pasados y dudosas raíces, no ayuda a afrontar lo que nos está sucediendo y, por lo tanto, a la búsqueda de soluciones para evitar más terror y más dolor.

Articulo publicado en InfoLibre el 22/08/2017 https://www.infolibre.es/noticias/opinion/plaza_publica/2017/08/22/trabajar_prevencion_radicalizacion_extremismo_68776_2003.html